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ROMANCES BARRANCALES (Tercera Parte)

 
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Alejandra Correas Vázquez



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MensajePublicado: Vie Oct 29, 2010 1:18 pm    Título del mensaje: ROMANCES BARRANCALES (Tercera Parte) Responder citando

ROMANCES BARRANCALES
.................................

(Tercera Parte)

por Alejandra Correas Vázquez


XI– LA VENDIMIA DE CUYO


Toño, quien nunca había salido más allá de la Bajada del Negrito Muerto y solamente se movilizaba dentro de los alrededores de Alta Córdoba como muchos de sus antiguos habitantes (o sea sin cruzar el río, cual si fuera un tabú), tuvo ahora en ese enero de 1944, un proyecto distinto. Era pleno verano. Junto a otros numerosos pobladores de la barranca y con fines lucrativos para mejorar a su familia, decidió tomar el tren rumbo a la Vendimia de Cuyo. Las bellas provincias cuyanas —viñateras y bodegueras— de San Juan y Mendoza solicitaban braceros dispuestos a engrandecer al Dios Baco, en su período anual. Y pagaban muy bien.

Sería, según lo proyectado, una separación corta. Una ausencia de poco tiempo. Pero para Chito, abrazado a sus piernas, llorando y rogando que el padre lo llevara con él —como hacía en los jardines próximos— aquella separación significaba para él, un abismo de dolor. Tal vez de temor. O de premonición.

Su hermano mayor, conmovido, trataba de consolarlo. Prometíale juegos. Caminatas. Andanzas. Bolitas. Buscaba provocar su risa... y sobre todo reconquistarlo. Juntos los dos niños subieron la cuesta acompañando al viajero en ese atardecer caluroso en extremo, de un 15 de enero de 1944, hacia la Estación de Alta Córdoba repleta de gente. El verano abrasante secaba las lágrimas de Jacinto en mitad del rostro.

Para Jacinto esta separación tenía un peso significativo, pues era en su padre donde el niño había depositado la emoción de su cariño. Durante los días anteriores a su partida, permaneció como sombra adherida a su progenitor, con una de esas premoniciones infantiles que tienen algo de misterio y de borrasca. Toda la Bajada del Negrito Muerto despediíase para siempre, junto con Chito de Antonio —Toño— su padre... ¡Y éste era el único que no lo sabía!


XII– UNA NIÑITA MUY RUBIA


Hallábanse todos aquellos familiares barranqueros en el andén de partida, emocionados y cohibidos, cuando una escena curiosa distrajo su atención. Una niñita muy rubia de ojitos claros, con dos trencitas luciendo un vestidito celeste y coqueto —la cual ponía en evidencia su origen distinto— fue retirada del tren por su padre a través de la ventanilla que daba al camarote, donde se hallaba junto a una tía. Tratábase de un médico joven, recientemente instalado en una de esas casas elegantes de dos plantas, con jardín perfumado, cuyo entorno comenzaba a invadir la barranca del Suquía. El doctor mostróle a su pequeña hija una muñeca de porcelana (que curiosamente representaba una mulata) de la cual ella habíase prendado, pasando horas contemplándola, con las naricillas pegadas al escaparate de la juguetería.

—¡Si te quedas es tuya!— le dijo el padre con firmeza mostrándosela

Y la criatura abrazándose a la muñeca abandonó el camarote que la llevaba a San Juan, donde sus primos la esperaban para jugar junto a las frescas acequias doradas, de un enero prometedor y demasiado caluroso ¡Extraño instinto paternal!

Junto a aquella escena emotiva, en ese 15 de enero de 1944, de imborrable memoria, sucedieron numerosas anécdotas que hicieron leyenda en el recuerdo de la Estación de Alta Córdoba. Hubo confusión de boletos, ocasionado ello por el analfabetismo de los orilleros del Suquía, que iban hacia la Vendimia.

En los coches-dormitorios (camarotes) se vaciaron algunas plazas, pues el aumento de calor hizo desistir del viaje rumbo al noroeste a muchos de sus ocupantes, temerosos del fuerte verano cuyano. De este modo, al igual que la niñita rubia de ojos celestes, con su muñeca de porcelana color habano, diversas personas quedaron en el andén cuando el ferrocarril partió... ¡Y habrían de alegrarse al día siguiente!

Las ventanillas iban desfilando en fuga, alejando los rostros de los pasajeros de quienes los despedían en el andén de partida. Los últimos vagones fueron perdiéndose en la lontananza, llevándose ilusiones, en un marco de nostalgia para aquéllos que quedaban a su espalda, dentro de una estación ahora vacía. Todos viajaban de alguna manera. Los que partían. Los que quedaban. Los dos hermanitos, Coco y Jacinto con la mano en alto junto a su madre.


XIII– BAJANDO A LA BAJADA


Luego de aquella partida del tren con rumbo a las provincias viñateras de Cuyo, en ese cálido atardecer de enero, el niño bajó corriendo las seis cuadras en declive desde la estación de Alta Córdoba, rumbo a su barranca de siempre. Enjugando sus lágrimas e incitado a correr por su hermano mayor. La última gota de este cristal doloroso, terminó por secarse sobre el suelo de greda. El calor abrasante de aquel verano, secó el llanto de Chito que corría por sus mejillas. El hermano mayor tomándolo de la mano —como solía hacer antes —presionó con fuerza sus deditos para llevarlo de regreso cuesta abajo, en una corrida estrepitosa. Ellos ahora corrían juntos —como antes— rumbo a su barranca de siempre. Chabela detrás de ellos, seguíalos sorprendida.

¡Como antes!... en revoltosa carrera hacia los sinuosos gredales ...¡Como antes!... en radiante agitación para ingresar en la Bajada ...¡Como antes!... en un rápido regreso hacia su mundo barrancal ...¡Como antes!... adelantándose a Chabela que ahora quedaba lejos de ellos ...¡Como antes!

Jacinto (pensaba Coco) volvería ahora a ser otra vez su hermano... ¡igual que antes! Chito le pertenecería nuevamente. Sería de él. Volvería a ser de él, de Coquito... Y él lo reconquistaría sin pausa. El pequeño retornaría a reclamar como antes su ayuda, su protección, su compañía ¡Y ya nadie iba a quitárselo! Coco sería nuevamente su héroe, su protector, su defensor. El valiente. El audaz. El osado. El apoyo de Jacinto.

Y esto iba a cumplirse en una dimensión tal, que ni el propio Coco aún se imaginaba. Donde quizás los hados del destino que preparan a los seres para una conducta especial, sentíanse en ese momento, cohibidos por darle tanta responsabilidad.

Obscurecía. La luz mortecina de un farol a querosén colgado de la ventanuca, señalaba a los niños el camino de regreso. Pero una pandilla numerosa de chicuelos del barranco envolvió a los hermanitos en compacto enjambre. La abuela Isabel siguió mateando en su puerta, mientras los veía alejarse bajo la noche calurosa. Corrían ambos niños alucinadamente y se entremezclaron con la pandilla barrancal. La excitación los embargaba. Feliz en uno. Dolorosa en el otro.

El atardecer transcurría lentamente llevándose los últimos arreboles rosados, sobre la greda rojiza, mientras la madre de los chicuelos aspiraba el fresco procedente de la orilla del río. Las estrellas se anunciaban. En el escenario barrancal las viviendas en ese momento hallábanse vacías, luego de haberse recalentado durante todo ese día de un fuerte verano. Los habitantes orilleros de la Bajada del Negrito Muerto comenzaron a actuar como era su costumbre. Ibanse preparando para resistir una noche muy calurosa, y empezaron a sacar al exterior sus catres para dormir cara al cielo, bajo el fresco del sereno. Ellos encendieron afuera sus braceros mientras los apantallaban para tomar el “mate del estribo”, antes de dormir.

La pandilla de Chito y Coquito sentía un gran contento de volver a ver a los dos hermanitos jugando juntos ...¡Otra vez!... Y pareciera que sensibles a esta reunión, por todos ellos anhelada, fuese el reencuentro fraterno algo propio de cada uno. De manera tal que el conjunto orillero estusiasmábalos con particular adhesión. Y este frenesí hízoles creer a todos esos niños, en un primer momento, que eran ellos los causantes de esos espasmos que de pronto se sintieron, sacudiendo la greda roja como un vértigo —y sin ninguna piedad— envolviendo como una hecatombe a toda la Bajada del Negrito Muerto.

De improviso Jacinto cayó al suelo. Una bocanada de greda tapóle la cara, cubriéndole también sus piernas. Rodó varios metros sobre un lecho blanduzco, llenándose de magullones. Quiso frenar el empuje violento que lo arrastraba aferrándose a unos yuyos duros, sin lograrlo. Toda la Bajada del Negrito Muerto estremecíase en un delirio sorprendente.

La pava de agua para matear, tembló entre las manos de la abuela derramándole agua tibia sobre la falda. El bracero fue a deslizarse por la pendiente sinuosa dejando a su paso una marca de ceniza. La banqueta de patas bajas donde hallábase sentada, derribó a la anciana contra el suelo gredoso e Isabel, con el rostro rojizo de polvo barrancal intentaba divisar a sus dos nietitos. Los catres sacados al exterior se plegaron cayendo a la greda, cual abanico en la mano de alguna altiva dama, quitándole su reposo a quien lo ocupaba. Los faroles se precipitaron al suelo. Los niños orilleros rodaban cubiertos por una sábana naranja y rojiza.

Como gigantes desvelados, las casas residenciales de dos plantas y coquetos jardines recientemente construidas en una parte de la barranca (para formar Barrio Cofico) balanceábanse como hamacas frente a las gredosas márgenes del río Suquía. Y sus ocupantes espantados descendieron de ellas con sus niños en los brazos, buscando refugio en el descampado de la Bajada del Negrito Muerto, por donde ellos nunca transitaban.

La muñeca mulata de la niña rubia cayó de la cama adonde ambas intentaban dormir, quebrándosele un pie de porcelana el cual nunca pudo ser hallado. Ella miraba sorprendida la araña del techo que se balanceaba con fuerza sobre su cabeza, cuando su padre entró y la levantó en brazos. Con la muñeca en sus manos y negándose a dejarla —semejante a un fetiche que la protegiera en esos momentos de temor— salió afuera en los brazos paternos, mientras la madre alzaba al hijo menor de su cuna. Y todos ellos salieron afuera hacia la barranca del frente, desde donde veían con asombro su casa inclinarse a izquierda y derecha (pues no tenía edificación a sus costados) y creían atemorizados que iba a quebrarse. Hecho que finalmente no sucedió.

Numerosos otros señores y señoras de `porte elegante, también con niños en brazos y otros de la mano habitantes de aquellas moradas de lujo, buscaron refugio en el descampado de la barranca. Donde nunca solía vérselos. La vieja Isabel, asombrada, podía ahora contemplarlos de cerca, como dos ciudadanías que compartían un mismo espacio y sin embargo no se conocían. Los veía atravesar los gredales circundantes a su rancho y con esa nobleza criolla intentaba ofrecerles mate y su propia habitación para los niños.

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Finalmente todo fue aquietándose y terminó la pesadilla. Los brazos del hermano mayor, aparecieron tirando al menor de las piernas...

—¡Chito! ¿Estás bien?

Desde el día siguiente Chabela pudo decir que tenía dos hijos iguales. Los dos sin padre. Los dos con padres que no volverían. Ella había hecho una inmensidad y una diferencia entre ambos. La suerte. La circunstancia. Lo imprevisto. La curiosa concomitancia de situaciones, igualaron a sus dos hijos. La madre no lo había deseado. No lo buscaba. Pero en gran medida habíalo convocado.

En aquellos instantes el tren de Toño —sacudido en pleno viaje a mitad del camino— detúvose en medio del descampado sin ninguna población a la vista, por una semana completa. Y allí quedó antes de ingresar a la ciudad de Mendoza donde los viajeros conocieron recién la desgracia ocurrida. La ciudad vecina de San Juan, con todos sus mitos y celebridades.... yacía en el suelo. El terremoto había sido total. Se abriría para siempre una herida que iba a impactar hondamente en todos los argentinos, y comprometer su devenir en un antes y un después.

¡La tierra rugió en la ciudad histórica y colonial de San Juan, como una madre sangrienta que abortara de pronto a todos sus hijos!


XIV-- PASAJEROS SIN RETORNO


Aquellas fuerzas desencadenas cambiaron la historia de la barranca de Alta Córdoba. Nuevas circunstancias estructuraron un devenir inesperado, y los años iban a llevarse su leyenda. Al día siguiente de ese luctuoso 15 de enero de 1944 se cortó una forma de vida y para algunos niños orilleros, para los de la Bajada del Negrito Muerto, concluiría una vida familiar que ya era débil por sí misma.

Entre ellos encontrábase el pequeño Jacinto –Chito— uno de los huérfanos de San Juan, cuyo padre no murió en el terremoto y desapareció sin embargo en él.

El era hijo de uno de los muchos braceros que iban ese enero a trabajar a la Vendimia. Sólo mujeres y niños quedaron en la Bajada del Negrito Muerto después de despedir en el andén de la estación, a ese tren que viajaba llevándose a sus hombres, con destino a Cuyo... Mujeres que quedarían sin maridos, hijos sin padres, hermanas sin hermanos. Debido a un tren que fue sacudido en pleno viaje y retenido en medio del descampado antes de entrar en Mendoza. Un tren que no llegaría a San Juan, sino varios días después. Olvidado en medio del camino como la frase dice “entre pampa y la vía”. Un tren que iba a pernoctar por días en el descampado, hasta que le permitiesen el ingreso a la ciudad destruida.

Los hombres de la barranca de Alta Córdoba habían ido allí para un trabajo rutinario (y bien pagado), el mismo que hacían todos los años en la misma fecha. Y se encontraron con un trabajo especial. Un trabajo muy diferente al habitual ...¡El salvatage a los sobrevivientes de San Juan!... Un trabajo donde eran necesarios de urgencia muchísimos brazos. Fuertes. Vigorosos.

Y eran necesarios también, nuevos habitantes para repoblar (pues toda la provincia sanjuanina tuvo víctimas debido a la gran onda expansiva), para remover escombros, para rescatar sobrevivientes, para defender los restos sanjuaninos del pillaje, para levantar viviendas de emergencia, para cremar cadáveres, para combatir la epidemia de rabia desatada... Y nunca más volvieron.

Chito lo había presentido. Y ése era el dolor con premonición que tuvo los días anteriores a la partida del padre. Creación y realidad. Leyenda. Niño y fantasma. Ficción y figura. Un símbolo para nosotros que lo evocamos a la distancia. Personaje novelado pero auténtico en su circunstancia. Chito es uno, el personaje de este relato, pero fueron muchos en aquellos años los Jacintos que vivieron la misma alternativa. Nos quedaremos sin embargo con Chito, quien jugaba a esa hora de la Oración sobre el escenario gredoso, bajo la luminosidad vespertina de aquel atardecer de enero, en pleno verano, cuando el fatídico suceso.


XV-- LA ESTACIÓN DE ALTA CÓRDOBA


Antonio no volvió. La barranca no continuó su vida en esa circunstancia que Isabel conociera, perenne y sin pausa. La ciudad de Córdoba crecía y se elevaba. La iba devorando. Consumiendo. Se había deshabitado y ya quedaban en ella, cada vez menos pobladores y menos greda.

Jacinto y Coco fueron creciendo, del mismo modo que crecía sin pausa la ciudad del Suquía. Juntábanse ambos con sus amigos de antaño en los bordes barrancales aún subsistentes, donde los relucientes mocitos iniciaban sus primeras conquistas. Coco continuó estudiando y habíase transformado ahora en un hábil mecánico, con cuyo oficio apoyaba a su familia. Chito era ya un joven adolescente y atractivo, para las morochas damiselas que paseaban de tarde, vestidas de rojo con cintas blancas sobre la abundante cabellera obscura.

Sin embargo continuaba siendo interiormente el mismo niño, pueril y fantasioso. Más crecido, más alto, algo musculoso, pero con el mismo rostro de ojos expresivos y andar inquieto. Era el mismo Jacinto habitante de la orilla del Suquía y que naciera en aquella Bajada del Negrito Muerto, entre los viejos gredales. Cada mañana subía los últimos senderos curvos que aún quedaban de la barranca, llegando a las calles linderas ahora bien delimitadas, para dirigirse hacia la estación de Alta Córdoba. Y apostábase allí, en su puesto característico de diariero.

Voceaba las noticias del día. Recorría los andenes. Bajaba al túnel. Trepaba la pasarela desde donde contemplaba casi toda la ciudad. Subía y descendía de los vagones estacionados. Conocía a cada uno de los empleados permanentes y todos los conocían a él. Todos identificaban a Chito como parte integrante de esa estación del ferrocarril con destino al norte y noroeste, que vivía dentro de ella misma, su propia historia.

Su fascinación era el descenso de los pasajeros. Sus rostros. Sus manos. Su atuendo. Ora de obreros, ora de aristócratas, sin término medio. Sus cortantes diálogos que pasaban rápidos junto a él. Incompletos. Dudosos. Transitorios. Fugaces ...cada uno de ellos, para él... era Toño.

Lo creía ver cuando las ventanillas desfilaban en fuga sobre la imagen de los rostros asomados a ellas. Ya no podía definir bien en su recuerdo las facciones de Antonio, pero le quedaba en la retina en forma borrosa, el esquema de la cara enmarcada en recuadro y deformada por el movimiento de la máquina. Esta fue la última presencia del padre en la vida de Jacinto, quien había dejado en aquella estación, su infancia.

Los pasajeros arribaban todos los días y él los contemplaba extasiado. Algunos traían valijas. Otros portafolios. Otros inmensos bultos. Venían solos. Acompañados. En parejas. Largas familias. Era una diversidad inagotable. Su mente y su corazón habían permanecido allí, desde aquella tarde vespertina de enero, lejos ya de la Bajada del Negrito Muerto y nunca más volvió a pertenecer a ella.

En el tiempo evadido, de barranca y niño, donde la permanencia es sólo una anécdota lejana, había triunfado la nostalgia.

A su lado, Coco, lo observó siempre. Acompañó su mirada. Su divagar. Su espera única y continua, solitaria. Y cuando le entregó un pequeño cartoncito con un número de asiento, a su hermano menor de dieciocho años, le dijo con su paternidad de siempre...

—Es hora...

—¿Cuál hora?

—Es la hora de partir.

—¿Y por qué?— preguntóle Jacinto

—Porque Chito se fue en un tren...

—¡Estoy aquí!

—Nunca te quedaste con nosotros.

—Mamá no me quería porque tenía padre.

—Igual no te quedaste con nosotros.

—Era legítimo ... tenía pecado de legitimidad.

—Igual te fuiste en un tren a San Juan.

—No voy a encontrar a nadie.

—Te fuiste hace mucho.

—No sabemos que él esté, en ninguna parte.

—No ... No es él ... es Chito.

El tren pitó cubriendo toda la estación de Alta Córdoba y una remembranza de tiempo, cobraría brillo en la mirada de los dos hermanos. Jacinto trepóse a la escalerilla y el inmenso artefacto lo hizo desaparecer del escenario.

La figura delgada de Coco comenzó el descenso junto al río Suquía donde algunas casillas blancas, como restos fósiles, compartían su extinción con la antigua Bajada del Negrito Muerto, que ya era prácticamente... sólo una leyenda.


...............FIN.................

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MensajePublicado: Vie Oct 29, 2010 1:18 pm    Título del mensaje: Enlaces Patrocinados



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