Si el poeta pudiera autoproclamarse ante las multitudes y suelos con la seguridad de estar frente a mentes ávidas de verdades irresolutas, no necesitaría prestarle tanta atención a las arrugas que olvidó planchar cuando decidió vagar y construir grandes distancias entre sus dos pies, luego de haber mirado por última vez hacia atrás, despidiéndose del enorme nogal que descansaba y adornaba la entrada del hogar. Agudizó por última vez el olfato para percibir el aroma a limones que desprendía aquel viejo y calloso árbol frutal, bajo el que se sentaba horas y horas intentando concebir una idea fresca, que no tuviera aquel olor cítrico que desprendía el limonero.
Pensó en su actual empresa, se avergonzó por unos instantes de sus pantalones añosos y arrugados, luego inspiró profundamente para saciar a sus pulmones con todo ese inconfundible aroma que dan los prados recién cortados, la tierra recién regada, el atardecer que se eleva reclamando su trono y la distintiva fragancia que sólo pueden distinguir aquellos que han decidido marcharse. El perfume a recuerdos, a seguridad y pertenencia.
Brotaron dos lágrimas desde sus ojos y dejaron un hilillo frágil al caer por sus mejillas. Inspiró profundo una vez más, miró sus cordones desabrochados y no quiso agacharse para anudarlos. Sería otra excusa para no avanzar.
Siguió por un camino de tierra bordeado de pastizales. Desde allí escuchaba el adiós que entonaban los grillos, sintió el adiós de las hojas que se mecían fluidamente con el viento y siguió caminando bajo el alero de la luna menguante. Dio tres pasos y se sentó a contemplar la noche. Entonó canciones a la oscuridad infinita, recitó versos para conquistar a las estrellas, discutió sobre ética y estética con los ruidos del campo, hasta que finalmente se quedó dormido de cansancio entre los matorrales, tras haberse autoproclamado como poeta ante las multitudes de la arada y de la noche. Sólo una liebre asustadiza no lo quiso escuchar. Durmió con una sonrisa en su rostro. Descansó con la certeza absoluta de haber sido amado por las mentes ávidas de la tierra. Creyó no necesitar más aprobaciones. Se autoproclamó poeta.
Al día siguiente despertó tranquilo y reposado. Decidió volver a casa para preparar el desayuno y esperar con ansias el atardecer, pues el espíritu humano es ambicioso y anhelaba una nueva ovación. Se había autoproclamado poeta.
Desde aquel día, visita trigales y plantaciones de avena. Discute acaloradamente con los pinos que están a punto de talar. Y cada vez, realiza el mismo ritual, lo ha convertido en una lúdica y apasionada rutina. Repetida infinitas veces, sin disminuir su credibilidad, sin disminuir la intensidad de sus emociones, a pesar de todo el tiempo que ha trascurrido desde que se autoproclamó como poeta. Mira hacia atrás como si fuera la última vez que observará el hogar, agudiza su olfato para regodearse con el aroma del limonero y llora desdichadamente como si lo estuvieran desprendiendo de todo lo suyo.
Partirá nuevamente su travesía diaria, pero algún día no volverá. Ese día enterrarán sus huesos cansados y reposará bajo la hierba con una sonrisa grabada en el alma. Se había autoproclamado poeta.
Las multitudes silenciosas lo amaban, porque sólo un loco entabla conversaciones con la noche, sólo un soñador emprende un viaje eterno que termina a pasos de su hogar, sólo un espíritu libre es capaz de edificar y destruir al mismo tiempo una gran empresa, sólo un alma sensible llora cuando es hora de partir, a pesar de saber que el viaje sólo durará unas horas.
Sólo un poeta es capaz de vencer la rutina con rutina y descansar plácidamente sabiendo que cada día fue un nuevo comienzo. Sabiendo que cada día fue una nueva oportunidad para jugar a vivir y ganar.
El poeta quiere vencer al tiempo y trascender. Sólo si sabe encantar a las multitudes lo logrará.
18/01/2009