Una estrella me ilumina con todo su fulgor, mientras camino a través de ruinas y me detengo frente a senderos impenetrables carcomidos por la maleza. ¿Sangro para avistar lo desconocido en este recorrido? ¿Derrumbo murallas para erigir nuevos caminos? ¿Me hundo bajo esta maldita nubosidad hasta deformar sus vértices? Preguntas que contesto yo, preguntas que contesta el silencio. Mientras a lo lejos empiezan a nacer los acordes y dejo que ingresen por mi nariz hacia mis pulmones. Espiro las notas sobre pentagramas que se vuelven añicos al contrastarse con la realidad. Desfilan los sonidos y los silencios a medio tiempo, a tiempo completo, doblándose o maquillándose de disímiles formas, con diferentes efectos y dejando atrás los significados arbitrarios.
Me pierdo entre octavas y sus intervalos, intentando sostener o bemolizar escurridizas notas que me quedan grandes, infinitamente grandes. ¿Justas, menores, mayores, disminuidas o aumentadas? Escalas indómitas no se dejan apresar por mis lazos frágiles, aquellos extraídos desde el fondo de mi abdomen, mientras intento desesperadamente alcanzar esas notas que se deslizan por todo mi tracto respiratorio y anhelan quedar apresadas entre los mal llamados puntos articulatorios. Anhelan concebir un mensaje inteligible entre masas de sonidos entremezclados. ¡Malditas bandas musculares deshidratadas! ¡Maldita memoria que me hizo olvidar las notas que alcanzo comodamente! y me pierdo, me pierdo en una nefasta actuación desentonada, desafinada, destemplada y groseramente tosca.
He olvidado como se canta, he olvidado cómo deben moverse mis dedos entre teclas blancas y negras. He olvidado cómo suenan aquellas tonadas que tanto ejercitamos alguna vez. He olvidado como se descifran los artilugios musicales y los meto al fondo del cajón, disfrazados con máscaras hasta que pueda volver a verlos de frente, sin bajar la mirada ante sus desvanecidos rostros.
