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La encrucijada de Arturo. Capítulo VI

 
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Sancho



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MensajePublicado: Vie Sep 16, 2011 9:22 am    Título del mensaje: La encrucijada de Arturo. Capítulo VI Responder citando

Mi desventura con Isabel.

Para alivio de estos señores llegó el revisor, y dio un aviso a los jóvenes que guardaran compostura, de lo contrario los haría bajar en la próxima estación. Sus palabras pronto surtieron efecto y dejaron de cantar. Yo permanecí en silencio, pero un poco nervioso, ya que aquel matrimonio no dejaba de mirarme, como sí me conocieran o, intuyeran mi problema. No tuve que esperar mucho rato, cuando la señora se dirigió a mí y me dijo:

― ¿Te encuentras mal joven?

Sin darle tiempo a terminar la frase contesté:
― ¡No me pasa nada! ¡Es que soy un poco nervioso!
― ¿Y hacia dónde te diriges tan joven y solo?
― ¡Ni yo mismo lo sé señora!

Conversamos durante un buen rato, y les mentí que me encontraba solo en el mundo, que mis padres habían muerto en la guerra, y que desde entonces había vivido en la calle sustentándome de la caridad de la buena gente. Mi mentira surtió efecto y creo que la señora hasta se compadeció de mí.
Por un momento dejaron de hablarme, y empezaron un diálogo bajito, supongo que se referían a mí por sus gestos al no dejar de mirarme, no me equivoqué nada, la mujer que parecía llevar la voz cantante se dirigió a mí y me dijo:
― Mira chico, hemos tenido la desgracia de perder en la guerra a nuestro único hijo, nos sentimos muy solos, y por lo que nos has dicho, no tienes familia ni un sitio donde ir. ¿Qué te parece si vienes a vivir con nosotros? Sólo tendrás que cuidar del jardín y hacer algún recado, a cambio tendrás comida gratis, ropa para vestir, y una cama para dormir. ¡Piénsatelo bien porque únicamente nos queda una hora de viaje!
Quedé sorprendido ante esta propuesta tan positiva para mí, y pensé que la providencia había puesto en mi camino a esta buena gente. No hace falta que diga lo que yo pensaba al respecto, mi situación no era muy halagüeña, y no debía desaprovechar esta oportunidad fortuita que se me brindaba. Vi en ellos mi única salida, y después de darles las gracias acepte sin más preámbulos.
Por otra parte, no comprendía lo que aquella mujer había sentido por mí, si lo hizo porque echaba de menos al hijo que perdió, o por compasión. Pero fuera por lo que fuera a mí me hizo un favor. Deseche estos pensamientos que no conducían a nada, y deje el destino que decidiera por mí.
Durante el trayecto no dejemos de hablar e intuí que eran buenas personas, calcule que se encontraban en una edad de, entre cincuenta y cinco o, sesenta años. Por la forma de vestir y de expresarse debían de ser de clase alta, y no me extrañaba que ejercieran algún alto cargo, y poseyeran un estatus importante.
Me manifestaron que el señor se llamaba Pedro y la señora Isabel. Yo les dije que mi nombre era Arturo, y a partir de aquí empezó una aventura más para mí.
Me encontraba distraído pensando, cuando me interrumpió aquella mujer diciéndome ¡preocúpate del equipaje Arturo, que nos bajamos en la próxima estación!
Estas fueron las primeras ordenes que recibí de la que ya era mi patrona, y me las dio con tal autoridad que corroboré mi intuición: en su casa era ella la que mandaba, y no el esposo como ocurría en aquella época. Obedecí y empezamos a apearnos, ya que el tren se había detenido.
Apenas habíamos puesto los pies en el suelo, cuando nos estaban ofrecieron un servicio de taxis. Aquellos taxistas se disputaban el servicio a los viajeros que llegaban a la ciudad de Almería, aunque muy pocas personas podían permitirse este lujo en aquel tiempo de nuestra posguerra. Sin embargo, mi patrona tenía contratado su propio taxista, y la estaba esperando; este le hizo un saludo de reverencia, y abriendo primero las puertas nos invito a subir, mientras que colocaba el equipaje en el maletero.
Llevábamos quince minutos de recorrido, cuando el taxista paró el coche en la misma puerta de la casa.
Después de descargar los equipajes, Isabel le pago el viaje, este haciéndole una reverencia de inclinación de cabeza se despidió. Recién entremos en la casa, cuando mi patrona se dirigió a mí: “Arturo, acompáñame que te conduciré a la habitación donde vas a dormir, al mismo tiempo, te enseñaré la casa y el jardín”.
Seguí a la señora y empezó por el comedor: era de grandes dimensiones para lo que yo conocía; pude observar unos muebles un poco antiguos, pero bien conservados. En las paredes había colgados varios cuadros, en los que se podían apreciar barcos de guerra en posición de combate. También los había de hermosos paisajes, y de animales exóticos, todos pintados por grandes pintores de nuestra historia. Después nos dirigimos hacia las habitaciones: éstas estaban alineadas y muy bien amuebladas. Habíamos visitado siete cuando me di cuenta que se pasaba una por alto; intente decírselo, pero para mi sorpresa no me dejo terminar la frase: ¡Arturo esta habitación es sagrada, por lo tanto, que no se te ocurra de entrar jamás!, ¿Me oyes? ¡Ni se te ocurra! Eres libre de andar por toda la casa, pero olvídate de que existe esta habitación.
Sorprendido por el cambio tan brusco en su actitud, hice un ademán de inclinación de cabeza, y conteste: ¡Lo que usted mande señora, para mí como si no existiera!”



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MensajePublicado: Vie Sep 16, 2011 9:22 am    Título del mensaje: Enlaces Patrocinados



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