Publicado: Sab Jul 09, 2011 5:44 pmTítulo del mensaje: La encrucijada de Arturo. Capítulo III
Los explotadores de niños
Si llegar hasta aquí en plena guerra civil se nos hizo difícil, ¿qué iba a ser de nosotros sin una madre que nos amparara? Ya no intercedería para evitar el castigo, y podría pegarnos sin que nadie le contradijera. Quedamos a su cargo cuatro hermanos, en una edad comprendida entre dos y doce años, y en una época en que la escasez de alimentos abundaba por toda España. Sólo e impotente para dar de comer a sus cuatro hijos, le buscó trabajo a dos de mis hermanos en casa de algunos vecinos siendo todavía niños, exceptuándome a mí, y a mi hermana Natalia que éramos muy pequeñitos para trabajar, con dos y cuatro años de edad. Mis hermanos a su corta edad, el trabajo que podían realizar era pastorear ovejas y cabras, su salario, trabajo por la comida, si se podía llamar comida, unas migas hechas con harina y poco aceite.
En esta dramática situación, fue transcurriendo el tiempo hasta que cumplí siete años de edad. Mi padre consideró que ya podía empezar a trabajar pastando cabras y ovejas y me busco trabajo en casa de un vecino cercano.
Él siguió trabajando la pequeña parcela y ayudando con algún jornal en fincas de otros vecinos, pero su ocupación le impedía atender a mi hermana más pequeña, teniendo que dejarla sola en casa o de prestado. Ante esta situación de desamparo de mi hermana, pidió a mis abuelos paternos si podían hacerse cargo de la niña hasta que mejorara nuestra situación económica. Estos cedieron sin poner objeción alguna, ya que eran mayores y vivían solos en su casa. Contando que cuando cumpliera unos añitos más les podría ayudar en los trabajos de la casa y de la tierra que poseían. Mientras, mi padre siguió solo en casa y sin nadie que le molestara. A pesar de que ya no vivíamos con él, nunca dejo de agredirnos, pues bastaba la disconformidad de los amos respecto a nuestro trabajo para recibir sus caricias. Además, siempre insistía a los patrones que realizábamos el servicio: “no tengáis ningún miramiento con ellos; si no cumplen, una bofetada a tiempo les servirá de escarmiento, sé que son muy vagos y no me enfadaré por ello, ante todo deben cumplir con su trabajo”.
Sus consejos surtían efecto y no dudaban en pegarnos por el mínimo motivo.
Por lo tanto, recibíamos palos por ambas partes, y echábamos en falta los cuidados y el amor de mi madre, que siempre prefirió recibir los palos antes que sus hijos.
Fueron transcurriendo años y a pesar de trabajar de sol a sol, nuestra situación económica no mejoraba. Aparte de ser explotados al máximo por aquellos caciques sin escrúpulos, vivíamos en una zona de pobreza y no se podían hacer grandes milagros. Ante esta situación y aconsejado por los vecinos, mi padre decidió nuestro traslado a otra zona rural, donde las tierras eran mejores, para sacar mejor rendimiento a nuestro trabajo.
Mientras, mi hermana más pequeña se vio en la necesidad de quedarse con mis abuelos paternos, con la esperanza de que cambiaria para bien nuestra situación económica y viniera con nosotros — según promesa de mi padre —. Pero se quedaron sólo en buenas intenciones, y mi hermanita quedo con mis abuelos, hasta que — tempranamente — se casó con tal de liberarse de ellos. Y digo liberarse porque en casa de los abuelos fue poco afortunada, ya que también fue objeto de maltratos, pues en un porcentaje medio eran habituales en aquella zona rural por parte de sus progenitores.
Continua _________________ Siéntete bien contigo mismo, no tengas perjuicios de lo que puedan decir de ti los demás.