Estéticamente disonantes, se asoman ante mí los nueve círculos infernales de il sommo poeta.
Destellando reflexiones mundanas y aquella inalterable esencia de los entremeses cortesanos plastificados. Aniquilantes, asfixiantes, atípicos.
Con miedo y rigor se desprenden las células dérmicas inertes, dejando la huella genética del moribundo caminante en aquellos trazos zigzagueantes que concibe con gran empeño y dedicación. ¡No ha de ser fácil avanzar entre llamas calcinantes!
Bajo el signo del León, se siente confiado. Tras la asombrosa constelación de desvanecerse en la belleza y lejanía de las estrellas. ¡Si tan sólo fuéramos estrellas!
Drogado con aquella mínima luz, da un paso paralelo al precipicio (a veces son mejores los perpendiculares. Hacia el precipicio) y se disipa ante mi vista restringida.
¡Ah! La vida trágica y aquella cosmovisión limitada, descascarada como la transformación de la piel, dejando atrás una capa, tornando funcional otra, esperando el amanecer de una sucesora, mientras en la habitación adjunta carcajea el vividor, asfixiándose con sus visiones y sus vicios. Hijo de la gula y la desilusión. Heredero de la angustia y una piel que sólo puede mudar de a poco. ¡Nadie entiende lo que es querer atravesarla arrancándola por completo! Engulle otro tentempié disfrazado de navaja filosa y se esmera atiborrándose de bocados apenas mordisqueados, anhelando el patético atracón que sea capaz de explosionar su estómago, mientras en su mente sólo es visible aquel trago… aquel ¡Salud!
Ante mi visión, se revela una muralla. - Espectadora expectante, descansa.