Vislumbro nuevos horizontes a cada instante. Los veo encogerse, recogerse y expandirse a través de grietas que voy limpiando suavemente cuando me convierto en viento. Juego con aquellos rizos imposibles de domar, acaricio aquella piel arisca que se resiste a la calidez de mis dedos curiosos, me río de aquel brillo que se dilata en aquellos ojos soñadores.
El espejo me permite escapar de toda esa cercanía, mostrándome un reflejo que asumo a lo lejos, mientras pongo mi palma sobre el revés condicionado y lo siento frío, tan frío. Vuelvo a la realidad, mientras me despido de mi imagen y vuelvo a palpar mi pecho. Aquel latido sereno, rítmico, imparable que me recorre por completo.
Olvidé la mayor parte de mis recuerdos, guardé la mochila bajo un montón de divagaciones y susurros imperceptibles, mientras floto sobre un tapiz de burbujas que se deshacen bajo mis pies. Camino tranquilamente dejando huellas sutiles que se desvanecen rápidamente y me convierto en un fantasma. En aquel matiz que se pierde lentamente, descascarándose, tornándose más liviano hasta desaparecer por completo entremedio del paisaje nocturno.
Nunca me he quedado en otra vida, nunca he querido refugiarme en otro cuerpo para envejecer a su lado, nunca he querido que las distancias se anulen y me abandone esta soledad que tanto amo. Dejé atrás todos aquellos viejos pedales que hacía girar con desesperación. Corté las ruedas a la mitad y las dejé fluir entre arrayanes floridos, mientras el cordón de agua desciende a través de piedras pulidas con la humedad.
Vislumbro nuevos horizontes a cada instante, mientras me manifiesto con toda esta libertad sobrecogedora que me pertenece en su totalidad.
Soy absurdamente feliz
22/4/09